Recuerdo el primer Papanicolaou que me realicé. Fue incómodo, pero sabía que era parte de lo que implicaría seguirme cuidando médicamente. Durante mi adolescencia, como a muchas de nosotras, me bombardearon con historias sobre las “enfermedades” de transmisión sexual. Fui parte de esa generación a la que se le enseñaba a través del terrorismo sexual: nos mostraban lo horrible que podía pasarnos si teníamos relaciones sin protección. El mensaje no era sobre el cuidado de nuestro cuerpo, sino sobre el castigo.
Hasta que crecí, fui entendiendo mil cosas más, cuestionando otras tantas y, claro, teniendo sexo.

El silencio del cuerpo y la sorpresa en el papel

Con el tiempo, aprendemos que la gran amplitud de la sexualidad va mucho más allá del coito y de la heteronormatividad. Sin embargo, explorar nuestro deseo y vivir nuestra sexualidad de forma libre no nos exime de enfrentarnos a la biología de nuestros cuerpos. A veces, la infección se anuncia con dolor, picazón, malestar o incomodidad.
Pero existe otra cara de la moneda que resulta igual de impactante: cuando no hay síntomas.
Muchas veces, no “sentimos” nada extraño. Vamos a hacernos unos análisis sanguíneos de rutina, nos realizamos una prueba rápida o el Papanicolaou con la absoluta tranquilidad de quien se siente casi segura de no estar cursando con ninguna infección. Y entonces, el
resultado es positivo.
Ahí, frente al papel de laboratorio, el desconcierto es gigante. Especialmente porque nos hicieron creer que las ITS eran una consecuencia exclusiva de tener “muchas” parejas sexuales —lo cual, en sí mismo, ya carga un peso moral tremendo—. Descubrir una infección
cuando nuestra historia no encaja con el prejuicio nos obliga a confrontar una verdad incómoda: los virus, los hongos y las bacterias no sacan cuentas morales ni llevan un conteo de con quiénes nos acostamos.

El peso del diagnóstico: La culpa y el aislamiento

He acompañado a muchas personas a afrontar sus diagnósticos, y es evidente la diferencia abismal entre enfermar de gripe y recibir un resultado positivo de una infección sexual. El impacto emocional nos empuja a un torbellino de preguntas: ¿Qué pensamos sobre
nosotras? ¿Hacemos esfuerzos latentes por buscar un culpable para aliviar la carga?
¿Buscamos justificarnos para demostrar que no merecíamos enfermar?
Inmediatamente aparecen los prejuicios y el sistema nos recuerda que nos ha enseñado a vincular nuestra salud sexual con nuestro valor personal. Si nos contagiamos de un virus respiratorio, mandamos un mensaje diciendo: “No puedo verte, ando con gripe”. Pero uno
no le dice a sus amistades “No puedo verte, tengo VPH”, o “Ahorita ando cansada y triste porque me tengo que hacer un tratamiento”. Nos tragamos la incertidumbre y la tristeza a puerta cerrada.

Resignificar el cuidado: Del castigo al bienestar

Un diagnóstico suele venir acompañado de indicaciones médicas: hay que modificar ciertos hábitos, empezar a comer mejor, descansar, tomar suplementos, ir a revisiones constantes.
Al principio, bajo el peso de la culpa, es facilísimo vivir todas estas rutinas desde el castigo.
Las sentimos como una carga pesada, como un recordatorio constante de la infección, como
si estuviéramos pagando una penitencia.
Pero, ¿qué pasaría si cambiamos la narrativa? Transitar un diagnóstico es también una oportunidad para replantearnos cómo nos habitamos. Comer bien, fortalecer nuestro sistema inmune o asistir a nuestras citas médicas no tiene que ser la condena por haber
“fallado”, sino que podemos integrarlas como prácticas conscientes de amor propio y cuidado para nuestro bienestar.

Recuperar el deseo y el disfrute

Y esto incluye, por supuesto, nuestra vida sexual. El diagnóstico no es, ni debe ser, una sentencia que decrete el fin del placer. Nos han enseñado que el sexo con una ITS se vuelve una carga llena de ansiedad, pero al despojarnos del estigma, podemos volver a mirar
nuestro erotismo desde otro lugar.
Hablar de nuestra salud con nuestras parejas, llegar a acuerdos, negociar el uso de métodos de barrera o explorar las infinitas formas de darnos placer más allá de la penetración, son formas bellísimas de cuidar el deseo compartido. El sexo no tiene que ser un espacio de miedo; puede seguir siendo un espacio de libertad, disfrute y vulnerabilidad compartida.

Hacia una red de cuidado y escucha

Necesitamos empezar a politizar nuestra salud sexual. Nombrar lo que nos pasa, compartir nuestros diagnósticos en espacios seguros y acompañarnos. Si el sistema nos quiere calladas, la respuesta más revolucionaria que tenemos es la palabra compartida.
Abramos el diálogo:
● ¿Alguna vez has callado un diagnóstico por miedo a ser juzgada?
● ¿Cómo podemos transformar las rutinas de cuidado médico en actos de amor hacia
nosotras mismas, en lugar de sentirlos como un castigo?
● ¿Qué estrategias has encontrado (o te gustaría encontrar) para seguir disfrutando de
tu sexualidad sin que el miedo o la culpa tomen el control?
Sanar también implica dejar de hacerlo en soledad.