El racismo no solo excluye: también recuerda constantemente que el hogar queda lejos.
Migrar implica mucho más que cambiar de país, es aprender a convivir con la soledad.
Es dejar atrás afectos, lugares y formas de vida que daban sentido a lo cotidiano. Es aprender a vivir lejos de quienes nos nombraban y de las pequeñas certezas de la vida cotidiana.
En ese proceso aparecen duelos silenciosos que acompañan la reconstrucción de nuestra identidad en un lugar nuevo. Sobre ese suelo frágil se construye la experiencia migratoria, marcada por las miradas, las barreras sociales, y las formas de racismo y exclusión que atraviesan la vida de quienes migramos. Comprender la experiencia migratoria implica reconocer estas capas de pérdida, resistencia y búsqueda de pertenencia que marcan el camino de quienes dejan su hogar para empezar de nuevo.
¿Cómo es que nadie se mira a los ojos?
Camino en esta tarde de invierno por Madrid. Sopla un fuerte viento por la ciudad de árboles sin hojas que esperan renacer. Sus calles, espejo del cielo gris contienen las personas que dentro de sus abrigos caminan, intentando disimular el frío de sus cuerpos. ¿Por qué disimular? No lo entiendo. ¿Cómo es que nadie se mira a los ojos?
En esta ciudad que me habita y en la que vivo desde hace 11 años, he sido acompañada por un sistema opresor y racista que evita la diferencia, rechaza otros colores de piel, acentos ajenos, códigos extraños. Es un lugar donde habitar supone acatarte al formato de buen ciudadano extranjero que vive la marginalidad, estar al margen, no ser ese que se espera que seas, ese nunca serás. Ese imaginario, ese fantasma euroblanco (que suerte no haber crecido en este formato insensato, insensible…)
Fui comprendiendo que el individualismo era lo que predominaba
Este escenario transforma los cuerpos, es una gran puesta en escena, un gran espectáculo que tiene a todxs con el guion perfectamente aprendido y los migrantes tenemos que seguir el papel del “buen migrante” ese papel está muy bien definido y cuidado con salirte de ahí… que arruinas la gran puesta en escena y aquí nadie quiere eso, cada quién en el lugar que le corresponde. Así los privilegiados en su lugar de maravillosos privilegios ¿Quién quiere abandonar ese lugar?
Recuerdo que cuando puse un pie en este escenario, mi cuerpo era otro, mis hábitos eran otros. Mi forma de entender el mundo se fue transformando, había tanta ingenuidad e ilusión. Aquí fui comprendiendo que el individualismo era lo que predominaba. Llegar a
casa de alguien sin avisar era un acto muy mal visto, (que ni se te ocurra) eso de abrir las puertas de tu casa a “cualquiera”.
El momento de cruzar la gran puerta
Curiosamente, lo mismo pasa con las puertas de Europa “no entra cualquiera” recuerdo que cuando estaba planeando migrar y construir una vida aquí, entre las primeras cosas que tenía que hacer, era prepararme para el momento en el que bajara del avión, algunos amigos me recomendaban que viajara “bien vestida” para cuando llegará el momento de cruzar la gran puerta de la Unión Europea, los requisitos que se tienen son: reservación de hoteles o carta invitación sí, así como suena (es una carta que realiza la persona que te invita a su casa) entonces, si hay una persona que te invita, tendrá que ir a la comisaría (digamos pedirle permiso a la policía para poder invitarte) pagar 80 euros para solicitar esta carta y así recibirte en su casa porque eres “extranjero”, preparar tarjetas de banco o buena cantidad de efectivo, ya que uno de los requisitos hasta el año 2011, la cantidad mínima a acreditar era de 64 euros por persona y día, con un mínimo de 577 euros, y actualmente la cantidad mínima a acreditar es de 122,10 euros por persona y día, con un mínimo de 1184 euros, y por supuesto vuelo de regreso (no se vaya a querer quedar…)
Comencé a vivir mi cuerpo vulnerable
Las puertas se abrieron, al inicio todo bien, la alegría de empezar un nuevo capítulo de mi vida, con la ilusión y ganas de los nuevos comienzos y la posibilidad de habitar un nuevo contexto tan distinto en el que había pasado la mayor parte de mi vida, pero al pasar el tiempo y sin comprender nada, comencé a vivir mi cuerpo vulnerable, mi invisibilidad ante esta gran bestia inmóvil, comencé a entender que aquí era una “persona de segunda” que para nada tenía las mismas posibilidades que amigos cercanos y que esa bestia tan
presente hasta el día de hoy parece disfrutar obstruirme a cada paso que doy, disfruta verme retroceder, desesperarme, enojarme y sufrir. Entre más intentes cruzar, esa bestia aumenta su tamaño, es como si tuviera cien ojos que te vigilan a cada paso y movimiento
que das, puede un centímetro ser percibido ante su fulminante mirada, nada se le escapa, nada. Solo te permite unos pocos centímetros de movimiento, pero a la primera que tus movimientos son más bruscos te atrapa, te multa, te encierra o te mata.
Las puertas del Mediterráneo tienen cuerpos descansando en él
Las puertas de Europa y el Mediterráneo con cuerpos descansando en él, como un gran film de terror, vaya contradicción. ¿El primer mundo? ¿El Progreso? ¿El ideal?
La herida colonial, los años pasan y no termina de sangrar. Sigue supurando frente a la bestia y la bestia lo sigue negando, sigue robando y al contrario se enaltece del hecho nombrándose salvadora de los pueblos.
Estamos aquí aunque nos vigile con sus cien ojos
Los cuerpos migrantes somos la resistencia que emerge de esa herida, somos ese pus que infecta y ensucia a la bestia que lucha por permanecer limpia. Pero estamos aquí aunque nos vigile con sus cien ojos, sabemos que nuestra presencia le inquieta o por lo menos le incomoda, le recuerda a su conciencia el daño que niega, le recuerda el por qué es quien es aunque resista e intente negarnos, sabe que estamos aquí y por qué tanto le incomodamos. Es tan frágil y brutal a la vez, que la alegría le asusta, las carcajadas fuertes, lxs cuerpos disidentes moviendo sus caderas, gritando con escotes y fuerza. Esos cuerpos no normativos, racializadxs la debilitan. Vaya contradicción, como algo tan potencialmente destructivo se debilita ante la mágica danza de gestos amables, cuerpos sonrientes, redes sensibles, ojos negros y un poco de ternura.
¿De dónde agarrarte ante esta bestia?
Cuando nuestros cuerpos incomodan, son reprimidos y silenciados, es importante compartir estas vivencias para no transitarlas en soledad y buscar herramientas para facilitarnos estos procesos.
Incluso en medio de la soledad, de las heridas que deja el racismo, y los duelos migratorios, también existen lugares donde sostenerse. Por ejemplo las amistades que se construyen en el camino pueden ser una forma de resistir. Nombrar lo vivido, compartirlo y encontrar espacios donde nuestra historia sea escuchada. Si necesitas de un espacio terapéutico contacta con Sorece. Buscar apoyo no borra lo vivido pero permite transformalo.
El acento se convierte en frontera antes de que la palabra termine.
Romina Cabrera.
Si te sientes identificadx con estos sentires, no olvides que puedes contactarnos para recibir contención emocional gratuita o iniciar un proceso de terapia con nosotras agendando tu primer sesión 💜