En el espacio seguro de la consulta, suele aparecer un susurro que se siente como una traición: el dolor que causan las madres. En México, hemos construido un altar infranqueable alrededor de la figura materna. Es un dogma que mezcla lo sagrado con lo civil; una madre es, por definición cultural, abnegación, cuidado y sacrificio. Sin embargo, cuando las historias de manipulación, demerito, violencia económica o silencios punitivos emergen en terapia, chocan contra una pared de culpa sistémica. ¿Cómo hablar de la herida cuando «es tu madre»?
La Institución de la Maternidad vs. La Mujer Real
Desde el feminismo y la terapia narrativa, entendemos que la «Maternidad» es una institución política antes que un vínculo biológico. El patriarcado nos ha vendido un relato único donde la madre debe anularse para existir. Esta presión genera un fenómeno complejo: la empatía obligatoria. Solemos ser más compasivas con ellas que con los padres porque vemos su cansancio, su encierro doméstico y sus sueños postergados.
Pero esa misma empatía, a veces, se convierte en una mordaza para las hijas e hijos.
Reconocer que nuestras madres fueron víctimas del sistema no debería invalidar el hecho de que, en esa misma estructura, también pudieron ser agentes de daño. El ruido de esa voz que «tenía que ser de cuidado» y terminó siendo de juicio, habita en la psique de muchas
mujeres como una mezcla confusa entre el amor y el miedo.
La Cuarta Hija: El Té y los Tenis Limpios
En lo personal, mi propia historia se entrelaza con estas reflexiones desde un lugar de gratitud y, al mismo tiempo, de sana distancia. Soy la cuarta de seis hermanos; crecí en una casa donde la maternidad se ejercía como una logística del cuidado constante. Mi madre,
una mujer dedicada al hogar, me enseñó el lenguaje de lo invisible: curar con un huevo, el té de madrugada para el alma inquieta, o ese acto casi mágico de lavar mis tenis cuando yo no lo haría.
Es en esos gestos donde reside una forma de amor que no pasa por el intelecto, sino por el cuerpo. Sin embargo, habitar la adultez implica reconocer que ese cuidado no nos hace idénticas. Como mujer que ha tomado decisiones que ella quizás no comprende o no
comparte, me enfrento a la tensión de mundos que colisionan. La brecha generacional no es solo de edad, es de paradigmas: entre la madre que se define por el «hacer para otros» y la hija que busca definirse por el «ser para sí misma».
Hacia una Narrativa de la Ambivalencia
Para Sorece y para quienes acompañamos procesos de sanación, el reto es proponer una narrativa que soporte la ambivalencia. No necesitamos elegir entre el odio o la idealización.
Sanar no es necesariamente perdonar todo bajo el pretexto de que «hizo lo que pudo», sino ser capaces de sostener dos verdades al mismo tiempo:
1. Mi madre me cuidó y me ama con las herramientas que tuvo (el té, la cocina, el interés por mis gatas).
2. Mi madre es una persona con la que puedo no coincidir, cuyas críticas pueden doler y de quien tengo derecho a diferenciarme para sobrevivir.
Al final, honrar a nuestras madres no es repetir sus historias ni aceptar sus violencias en silencio. Es, quizás, convertirnos en las mujeres capaces de mirarles a los ojos —con todo y sus remedios caseros— y decirles que el amor también se construye desde la autonomía y la
posibilidad de decir «no».
Si deseas agendar una contención emocional gratuita, o iniciar terapia, puedes hacerlo dando clic en los siguientes botones: