¿Cómo es que las mujeres terminamos por esperar a que los hombres cambien para que nos amen eternamente?¿Cómo es que sufrimos tanto por amor y ellos no?
En siguiente texto nuestra especialista Anahí Espinosa Vaeza nos cuenta a partir de su reflexión, cómo es que bajo una estructura patriarcal todo esto se estructura para el beneficio masculino:
“Para abordar el tema del amor romántico es necesario dar un contexto más amplio y hablar sobre las construcciones socioculturales que surge alrededor de este y que se nutren para seguir fomentando ciertas prácticas, con ello, me refiero a formas de pensar, conductas,
dinámicas de poder, opresión, un mal instaurado, perpetuado dentro de nuestras sociedades que ha pasado de generación en generación que ha construido un sistema al cual le conocemos como patriarcado.
Este sistema se conforma por un conjunto de relaciones sociales que tiene una base material de relaciones jerárquicas y una solidaridad
entre los hombres que les permiten dominar a las mujeres, pues pretende controlar el acceso a los recursos, la sexualidad, además de controlar la fuerza de trabajo de la mujer, con objeto tanto de que al hombre se le presten diversos servicios personales y sexuales,
así como la responsabilidad de la crianza de sus hijos y el mantenimiento del hogar.
En el texto de Hartmann (1979) refiere que “La exclusión de la mujer del trabajo asalariado es debida primordialmente al capitalismo, porque éste crea el trabajo asalariado fuera del hogar al tiempo que exige que la mujer trabaje en el hogar a fin de reproducir trabajadores
asalariados para el sistema capitalista.
La mujer reproduce la mano de obra, proporciona cuidados psicológicos a los trabajadores y procura una isla de intimidad en un mar de
alienación”. Por ello la mujer al desconocer que también forma parte de la clase obrera, aun cuando trabaje en casa, es mayormente fácil ser sometida por el hombre, lo libra de tener que responsabilizarse, y la esclaviza bajo un yugo en donde la familia juega un papel crucial
para esta dominación.
Se nos ha insertado la idea de que una mujer de familia debe sacrificarse para que el núcleo pueda existir, aun dejándose a sí misma en el abandono por complacerles, el papel de la madre y esposa abnegada, santa, sumisa, la cual no tiene necesidades puesto que su
mayor necesidad es que su familia este bien es el arquetipo perfecto de la “buena mujer”, con esto no quiero decir que lo ideal sería vivir bajo una noción individualista o una visión frívola, sino en que es necesario poner atención a estos discursos y a las dinámicas en
donde los cuidados tendrían que ser recíprocos, no como una imposición sino como parte de la libertad y los derechos que nos generan bienestar, es dar espacio a hablar sobre las opresiones a las que nos enfrentamos en cada una de nuestras cotidianeidades a las que
muchas mujeres son, somos y hemos estado sujetas, justificando así el papel del deber ser, según la sociedad y la familia. Por ello es que esta información se va expandiendo y va permeando estas nociones, pues va pasando de una generación a otra propiciando
creencias, acciones que determinan el cómo tendríamos como mujeres que sentir, ser, pensar, accionar para lograr llevar una relación familiar o de pareja exitosa y duradera, por ello el sistema sigue perpetuando expectativas e idealizaciones que nos obligan a
permanecer en relaciones que nos lastiman, que son violentas, que transgreden nuestros límites y nos consumen la vida.
La cultura se ha encargado de adoctrinarnos desde la infancia, nos enseñan a amar de maneras distintas a hombres y a mujeres, por ello nos cuesta trabajo amar desde la libertad y la sanidad. Coral Herrera hace mención en su libro de “Mujeres que ya no sufren por
amor” que los roles están muy establecidos, tanto así que
Las niñas aprenden a situar el amor en el centro de sus vidas, mientras que los niños aprenden que el amor y los afectos son “cosas
de chicas”.
Las niñas creen que para amar hay que sufrir, pasarlo mal, aguantar y esperar al milagro romántico; los niños, en cambio, no renuncian ni se sacrifican por amor. Las niñas aprenden a ser dulces princesas; los niños, a ser violentos guerreros. Ellas creen que su misión es dar a luz a la vida; la misión de ellos es matar al enemigo. Mientras ellas se hipersensibilizan y dibujan corazones por todos lados, ellos se mutilan emocionalmente para no sufrir y se preparan para ganar todas las batallas”.
Así pues, es comprensible por qué para nosotras es inaceptable reconocer que el amor no lo puede todo, que no es para
siempre, y que se vale replantear nuestros vínculos hasta donde sea sano.
En pocas palabras, el amor romántico se entiende como un amor desmedido, pasional, el que todo perdona, un amor sin límite, pero con mucha adrenalina, lleno de fantasía e ilusión, la historia que se narra incontables veces en torno al tema amoroso del “estire y afloje” porque
en este modelo el amor al ser tan intenso y chispeante en consecuencia también es doloroso y dañino.
Este amor que vivimos a través de la expectativa, de manera irremediable inserta en nuestra psique el mito de la media naranja como si fuera algo que nos completara, en donde impera el deseo de la unión total con otro, fomenta el que sigamos persiguiendo la idea de que somos las princesas del cuento y como tal hay que presentar delicado comportamiento, como mencione anteriormente, la encarnación de “la buena mujer”, con el fin de lograr ser vistas y escogidas, para ello es necesario ser abnegada, sumisa, la que se sacrifica o es sacrificada por el bien de los demás y debe ser relegada al encierro, al no disfrute de su vida, la que si quiere salir de ello debe esforzarse sin medida para lograr ser digna de ser rescatada y liberada por el príncipe el cual le dará la recompensa de coronarla con el anillo del matrimonio porque para que el amor sea totalmente verdadero debe vivir bajo la convicción de la heteronorma, la familia tradicional, la monogamia, la obediencia y la resignación como pasos para lograr la felicidad tan ansiada y perseguida.
En estas historias contadas la princesa besa al príncipe convertido en sapo y este anfibio termina esta conversión sucediendo algo extraordinario, este es un ejemplo del mito de la transformación, usualmente son narrativas en donde un ser amorfo, caótico, atroz, feroz y
peligroso se transforma a algo bello y bueno, aunque en el plano de la realidad son seres que nos quitan la paz, es el lobo feroz de Caperucita roja, que te confunde, te miente y se aprovecha con el único fin de alimentarse, sin embargo dentro de nosotras impera la
creencia de que en cualquier momento vendrá el cambio de verdad.
La historia de la Bestia como en el cuento de Disney personifica este mito, un hombre que no controla sus impulsos, es castigado tomando esta figuración pero hay que recalcar que en el fondo es tierno, amable y de buenos sentimientos, pero como no sabe cómo expresarlos secuestra a un campesino el cual tiene una hija y para ser salvado ella se sacrifica, la bestia la toma a ella en lugar de a su padre y la hace vivir en el castillo como prisionera sin oportunidad de volver a ver a su padre otra vez, y aunque en la historia podemos visualizar ciertas comodidades que tenía “Bella” como poder tener los libros que desee, alimentos, vestidos hermosos, o lujos sigue estando en calidad de prisionera, obligada a aguantar el mal humor, los malos, y bruscos modos que la Bestia hace para con ella y hacia los demás habitantes del castillo, sin embargo Bella puede ver más allá de los demonios de este príncipe incomprendido, con sus cuidados, pasividad, tolerancia, surge el amor, Bella se enamora de la Bestia, y aunque en el camino se ha topado con malos tratos Bestia recapacita por el poder del amor y el príncipe deja la figura bestial para dar paso a la transformación en alguien encantador, en su “verdadera forma”, es aquí donde viene la recompensa para ella por ser tan buena, la vida le regresa un hombre bueno que ya no es ni será una Bestia porque el poder del amor
lo puede todo, hasta cambiarte por completo y es así como “vivieron felices para siempre”.
Esta narrativa es contada en diversas historias de cualquier índole, en diversas culturas, en los cuentos para infancias, en las telenovelas, en los libros, en las noticias, etc. lo cual nos deja una idea en la psique de las personas, sobre todo de las mujeres y es que, aguantar
malos tratos te dará alguna recompensa algún día, algún día ese sapo se convertirá en príncipe y serán felices al fin, por eso resistimos en relaciones violentas, porque tenemos la esperanza de que ese hombre incomprendido cambie y nos dote de amor infinito, nos cuide, nos mime, nos haga surgir de modo interno un motivo para vivir poderoso y por fin vivamos este tan ansiado “felices para siempre”.
Coincido con Hartmann cuando pronuncia que, debemos insistir en que la sociedad que queremos crear es una sociedad en la que el reconocimiento de la interdependencia sea liberación y no temor, en la que la educación sea una práctica universal y no una práctica
opresiva, y en la que la mujer no siga soportando tanto las falsas como las concretas libertades del hombre. Por ello es necesario para nuestro bienestar y libertad seguir cuestionando estas historias, seguir posibilitando el contarnos diferentes narrativas, una de
ellas es la del amor libre, este amor donde la entrega no implique quedarnos vacías, donde no es exclusivo en la heteronorma, que potencializa la libertad, el espacio para conectar amorosamente de manera individual y colectiva con todo lo que nos mueve, apasiona, que
nos posibilita el poder de negociar, manifestar limites necesarios para acompañarse, acompañar, el poder compartir, compartirnos desde la reciprocidad, el cuidado, la ternura, que nos transforma en seres libres, valientes y auténticas. “
Si te sientes identificada con las palabras de Anahí y necesitas ayuda para sanar, puedes enviarnos un mensaje. ❤️🩹