Hace ya varios años, mi práctica clínica estaba dedicada casi exclusivamente a atender a mujeres. Cuando me adentré en el feminismo, en la historia de las mujeres, y en la exploración de mi propia historia, la de mis ancestras, familiares y amistades, tomé una decisión sobre lo que aparentemente podía elegir en el consultorio.
Sin embargo, en algún momento de mi práctica y de mi vida, me di cuenta de que muchas cosas quedaban aisladas de mi mirada. Para entender verdaderamente las relaciones humanas, era necesario ampliar el panorama. Al adentrarme en las raíces de la terapia
familiar, recordé el trabajo de figuras pioneras en el libro La Red Invisible, como Marianne Walters y la creación de The Women’s Project in Family Therapy en 1977. Este grupo buscó cuestionar los presupuestos teóricos sexistas en la terapia familiar, los cuales, bajo la fachada de «neutralidad sistémica», a menudo reforzaban el patriarcado.
Adoptar esta lente feminista, de la mano del pensamiento sistémico posmoderno, fue transformador. Este enfoque me permitió entender las relaciones desde su contexto y visibilizar realidades que antes pasaban desapercibidas. El enfoque sistémico nos regala una
herramienta invaluable: la capacidad de separar a la persona del problema. Al hacerlo, pude mirar también a aquellos varones que no encajan en los rígidos mandatos tradicionales del género, la heterosexualidad y la heteronormatividad, lo que, de manera inevitable, me
implicó comenzar a trabajar con hombres.
Sabemos que estadísticamente ellos acuden menos a terapia, pero en mis años de experiencia atendiendo a parejas, familias y padres, he notado una categoría importante que trasciende las relaciones cotidianas. Hace tiempo leí un cuento que exploraba cómo «el
patriarcado y el capitalismo crean papás monstruos», una idea que resuena profundamente con unas viñetas que circulan por ahí tituladas «Mi papá es un ogro». Es revelador observar cómo, bajo la rígida estructura del rol de proveedores, los hombres esconden su
vulnerabilidad. Se vuelve un reto inmenso para ellos mostrarse amorosos frente a otros padres o frente a sus propios hijos; en cambio, el enojo, la evitación o la ausencia se convierten en los únicos escudos permitidos.
Muchas personas aprendimos a comprenderlos a través de esa coraza; para otras, el dolor que produjo sigue haciendo difícil mirar más allá del personaje. Hoy les comparto desde mi propia trinchera: mi papá también es un «ogro». Un ogro que, con el paso de los años, se ha
vuelto menos imponente, pero que a veces aún grita, se enoja, y si pudiera verse al espejo, notaría que casi se pone verde. Pero hoy lo conozco fuera de ese personaje. Reconozco en él al hombre que, con inmensa valentía y de la mano de mi madre, construyó nuestra familia
con la firme convicción de querer sostener lo que hoy tiene.
Si tú te reconoces como parte de este grupo que creció con un «papá ogro», quisiera que este texto fuera una invitación a la reflexión. ¿Cuándo fue la última vez que generamos espacios de diálogo con nuestros padres donde ellos puedan ser vulnerables? Espacios
donde no sientan que pierden la autoridad o el respeto que han ganado, sino donde podamos reconocer la vasta experiencia de vida que han recorrido y los detalles —mínimos o máximos— de su acompañamiento, a veces escondido en la penumbra de una habitación
cuando creían que ya dormíamos.
Y es que, a propósito del mes de la salud mental masculina y el día del padre, es urgente poner sobre la mesa una realidad que duele: las estadísticas nos muestran que los hombres se suicidan más y mueren más a causa de violencias y negligencias vinculadas directamente con este sistema machista, capitalista y patriarcal. La armadura del «ogro» tiene un costo
letal.
En los últimos años he tenido la fortuna de escuchar historias que complejizan la figura del «papá ogro». En consulta me encuentro con padres que se interesan genuinamente por sus hijas e hijos; hombres que han asumido durante mucho tiempo el mandato de ser proveedores económicos, pero que hacen esfuerzos conscientes por ser algo más que eso.
Escucho a padres que intentan conversar con sus hijos, que no quieren repetir las violencias o ausencias que vivieron en sus propias familias de origen, que peinan a sus hijas antes de ir a la escuela, que las acompañan en sus actividades cotidianas, que preguntan cómo hacerlo
mejor, que acuden a terapia y que se atreven a reconocer cuando se han equivocado.
No son hombres perfectos. Siguen enfrentándose a los mandatos de género con los que crecieron y, muchas veces, tropiezan con ellos. Pero precisamente ahí radica la importancia de visibilizar estos procesos: en reconocer que otras formas de ser hombre y de ser padre
son posibles.
Quizá la reescritura de la paternidad no ocurre en los grandes discursos ni en los cambios espectaculares, sino en esos actos cotidianos de cuidado, en la disposición a escuchar, en la capacidad de pedir perdón, en la valentía de mostrarse vulnerables y en la decisión
constante de construir relaciones más justas, más equitativas y más amorosas.
Si tú, tu pareja, o tu padre buscan un espacio seguro para trabajar estos temas, repensar los mandatos de género y acompañarse en el proceso, existen lugares especializados donde el diálogo y la vulnerabilidad son bienvenidos.